
Estoy convencido de que en más de una ocasión os habréis ofrecido a hacer algún favor, en otras, os habrán pedido que lo hagáis.
De momento, todo correcto hasta ahí. Los problemas empiezan cuando cambia el sentido de la función del favor y se convierte en obligación.
Hacer favores, que a priori parece algo noble (y desde luego que lo es por parte de quien los hace), se puede convertir en la pesadilla más horrible que podáis imaginaros.
Este escenario, el de convertir los favores en obligaciones, suele darse en el seno familiar, dado que habitualmente los estamentos familiares, se creen con unos derechos adquiridos que bajo mi punto de vista son derechos tomados por arte de magia... que digo... por la puta cara.
En definitiva, que me jode hacer favores y que luego se conviertan en obligaciones. Porque ya sabéis... si no haces el favorcito...
